Es literalmente imposible resumir en esta newsletter todo lo que ha significado la visita de LeónXIV a Madrid.
Las sonrisas, las bendiciones, la cercanía, la solemnidad, la simpatía, la liturgia, las enseñanzas, la oración; la apretadísima y agotadora agenda para llegar a todo y a todos; los discursos llenos de altura y hondura, de verdades como puños envueltas en elegancia y sabiduría; las lecciones de historia, de nuestra propia historia, cuyo valor nos ha tenido que recordar este Papa americano con corazón peruano y alma de misionero.
Pero, sobre todo, es imposible transmitir con palabras el crisol de emociones –intensas, profundas- que hemos vivido esos días, como peregrinos, como voluntarios, como hospitalarios o como simples hijos de la Iglesia Católica.
Esperanza, Ilusión, Felicidad, Alegría, Espiritualidad, Sentido, Gratitud, Serenidad, Orgullo, Entusiasmo, Amor.
Cómo describir el silencio abrumador, transgresor y profundamente sereno de 600.000 jóvenes arrodillados sobre el asfalto ante el Santísimo, vivo y presente. Alzando la mirada hacia esa Luz que es su faro moral, su guía y su referente.
Cómo describir la alegría contagiosa de la música, traducida en baile y coros entusiastas; y el poderoso eco de sus letras, llenas de significado y de fe, que resonaron con fuerza en el alma de esos 600.000 jóvenes (y no tan jóvenes) que abarrotamos la Castellana. Fiesta y oración no tienen por qué –ni deben- ser incompatibles.
Cómo describir la certeza incuestionable de que hay esperanza; de que esta es la juventud que necesita el mundo de hoy, y especialmente España. Alegre, valiente, coherente, solidaria, refrescante, asentada en sus valores, rebosante de fe sin complejos. ¡Estos son los jóvenes del Papa!
Cómo describir siquiera una parte de lo que sentimos el día de la Santa Misa en Cibeles, en el corazón mismo de Madrid, ante millón y medio de fieles. El madrugón ilusionado, la bienvenida a nuestros enfermos –aún más ilusionados-, el proverbial espíritu de servicio hospitalario, la comunión compartida, la mirada alzada hacia el Corpus Christi en procesión, la alegría –y la certeza- de haber vivido un momento indescriptible, irrepetible,
imborrable.
Cómo describir el orgullo de pertenecer al pueblo de Madrid –y al de Barcelona y Canarias-que se volcó con entusiasmo y gratitud en cada acto, en cada tramo del recorrido, en cada liturgia, en cada saludo, en cada bendición desde el papamóvil. Celebrando cada bebé bendecido como si hubiera recibido el bautismo del mismísimo Jesús.
Celebrando, con gozo y gratitud, cada mensaje directo al corazón que nos lanzó el sucesor de Pedro:
El Amor como fuente inagotable de unidad y de coherencia; la familia como pilar fundamental de la sociedad; el respeto inalienable a la dignidad humana, la persona como centro de todo, el prójimo como prioridad absoluta, empezando por los débiles, los vulnerables. Y la defensa categórica de la vida humana desde la concepción hasta
el ocaso natural. Sin dar pie a la interpretación.
Al final, los millones de católicos que hemos vivido esos días de cercanía y abrazo con nuestro Santo Padre, volvimos a casa inflados de felicidad, de serenidad y de espiritualidad renovada. Con la convicción de que podemos, debemos, tenemos la obligación y la responsabilidad de ser mejores.
En palabras de San Agustín, como nos recordó en su emotivo discurso Antonio Banderas: «Decís vosotros que los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores».
A eso ha venido el Papa a España. A inspirarnos, a iluminarnos, a marcarnos de nuevo el camino, que andaba un poco perdido. A impulsarnos a alzar la mirada, que andaba un poco borrosa.
Un millón de gracias, Santo Padre. Dios le bendiga.